miércoles, 25 de octubre de 2017

Los orígenes intelectuales del nacionalismo catalán (I): del carlismo a Hegel, y (II) El Catalanismo liberal, por el Dr. D. Felipe José de Vicente Algueró, presidente de la Asociación Nacional de Catedráticos de Secundaria ANCABA

Somos un pueblo”, repitió Puigdemont varias veces en su comparecencia del día 3 de octubre. Un pueblo, una nación, “ein Volk” en alemán. Y un pueblo es una nación y una nación ha de tener un Estado que encarna el “espíritu del pueblo”. Nacionalismo hegeliano. Fue Hegel quien transformó el nacionalismo liberal de principios del siglo XIX en una ideología totalitaria al servicio del Estado prusiano e influyó decisivamente en el carácter irracionalista, historicista y antiliberal de los nacionalismos posteriores, el catalán incluido. K. Popper ya denunció este nacionalismo como una ideología perversa y uno de los grandes enemigos de las sociedades abiertas.
 
La sociedad abierta popperiana es el Estado liberal de derecho que la civilización occidental ha ido alumbrando y consolidando a pesar de sus grandes enemigos: los irracionalismos románticos y los totalitarismos del siglo XX. Entre los irracionalismos románticos ya tenemos un buen ejemplo en la Cataluña del siglo XIX: el carlismo. La Cataluña carlista coincide casi exactamente con la Cataluña más independentista actual. Hasta el mismo Puigdemont tiene orígenes familiares carlistas. La principal característica del carlismo fue su rechazo frontal, religioso, sentimental y altamente emotivo del estado liberal. “El liberalismo es pecado” es el título del famoso panfleto de un clérigo catalán, Salvà i Sardany, quien por cierto firmaría hoy con gran regocijo cualquier manifiesto clerical a favor del independentismo, eso sí cambiando el título: “El constitucionalismo es pecado”. Lo que venía a decir Salvà es que del Evangelio y de la doctrina de la Iglesia se deduce una sola opción política, la carlista, así que todas las demás están equivocadas. Eso es más o menos lo que dicen los sacerdotes independentistas, las monjas nacionalistas y los abades de Montserrat y Poblet: el que no piensa como nosotros no está en la onda del Evangelio. Supongo que eso debería pensar el inefable obispo de Solsona (tierra carlista pata negra) cuando participó en un acto ilegal el día 1 de octubre votando en la performance-votación. Su conciencia (neocarlista) debió de quedar tranquila.
 
El prudente León XIII rectificó tamaño dislate y reconoció que los católicos que participaban en la España liberal no iban al infierno por eso, en todo caso sería por los mismos pecados que podían cometer también los carlistas. Y como ponerse evangélicamente al lado de un pleito dinástico iba siendo cada vez más insostenible, Torras i Bages, un clérigo antiliberal de tomo y lomo, pero inteligente, purificó el carlismo en retirada para convertirlo en un catalanismo tradicionalista, ruralista y teocrático. Cataluña había salido casi de la mano de Dios, era anterior a cualquier Estado u organización social y, por lo tanto, el Estado liberal no hacía otra cosa que ir contra la misma voluntad divina, o sea, contra una Cataluña identitaria, pacífica, feliz en sus tradiciones y que no tenía nada que ver con ese maldito Estado liberal que nos convierte en simples ciudadanos cuando nosotros somos por encima de todos catalanes y, por supuesto, católicos, que es lo mismo. Torras era un obispo político hasta la médula, participó en la Asamblea de la Unión Catalanista que aprobó las Bases de Manresa, una especie de constitución catalana propuesta a los gobernantes del Madrid liberal que no hicieron mucho caso.
 
Las Bases de Manresa son una primera clave del nacionalismo catalán: el parlamento que proponen para la nueva Cataluña feliz era un parlamento orgánico, en que los diputados no eran elegidos directamente por los ciudadanos y a través de partidos, sino a través de gremios y corporaciones. Algo así como la democracia orgánica de las Cortes franquistas, que por algo bebieron su inspiración en la misma fuente tradicionalista.
 
No es de extrañar que a los liberales (incluso a los catalanes) este modelo de Estado catalán les pareciera un retorno a la Edad Media. Al pobre Valentí Almirall, que era catalanista y republicano, pero liberal, le hicieron la vida imposible porque el pensamiento único era entonces el marcado por Torras i Bages y el grupo en torno a la revista “La Veu de Montserrat” formados todos ellos en el carlismo más rancio y ahora evolucionados hacia un tradicionalismo gremialista.
 
Este es el primer cromosoma del nacionalismo catalán y que aún perdura: su absoluta falta de comprensión de lo que es el Estado liberal y constitucional, cuyos orígenes están en la teología cristiana (la escuela de Salamanca, Suárez y Vitoria) y en la Ilustración. El nacionalismo catalán no ha podido entender todavía lo que significa una “sociedad abierta”, aquella en que la política se basa en la racionalidad, el debate civilizado, la pluralidad, el pacto y el acuerdo. El principal garante de la sociedad abierta es el Estado de derecho cuya esencia descansa en el pacto o contrato de los ciudadanos entre sí, dando origen a las leyes y a las normas de convivencia que tienen como fin primordial la salvaguarda de los derechos de cada ciudadano. Y empezando por algo tan sencillo como el reconocimiento de la sociedad como formada por ciudadanos, no basada en un ente metafísico previo (la nación, la raza, la clase social…) y en la que las identidades religiosas, ideológicas o étnicas son respetadas, pero no son el fundamento del Estado.
 
 
Hegel impartiendo clase. Litografía de Franz Kugler, 1828
 
El hegelianismo vino después, alejando el nacionalismo tradicionalista de sus bases teocráticas y dándole un contenido más respetablemente filosófico. Para Hegel, el sujeto de la Historia no es la persona, el individuo o el ciudadano: es la nación. Mejor dicho, el Estado, porque previamente ha afirmado solemnemente que toda nación requiere un Estado propio que es la encarnación del “espíritu del pueblo”. Colectivismo nacionalista, pero colectivismo al fin y al cabo como sería el comunismo después. El individuo no existe, es una célula más de ese ente metafísico que es la nación. La libertad personal consiste en adecuar mi voluntad a la de la nación, no hay más voluntad que la general (Rousseau es un precursor) que una vez formada no admite disidencia ni discrepancia. Está claro: “somos un pueblo”, un único sujeto histórico y quien discrepa no es “pueblo”, es, simplemente, un paria desnortado que acaba señalado como un antipatriota, o sea, anticatalán. La apropiación obscena que los nacionalistas catalanes hacen de ideas como “pueblo catalán”, “Cataluña”, etc.… es hegelianismo en estado puro. Y luego viene lo demás: al único pueblo, al único espíritu, le corresponde un único partido, o mejor, un “movimiento nacional” en donde están partidos, asociaciones, clubes de fútbol, sindicatos, universidades, órdenes religiosas, medios de comunicación… Claro, si todos somos el mismo pueblo hemos de actuar al unísono. La libertad personal y ciudadana quedan literalmente fulminadas.
 
Lo que pasó los días 6 y 7 de septiembre es un buen ejemplo de lo anterior: el nacionalismo catalán, de orígenes carlistas y hegelianos, se carga en pocas horas el Estado de derecho, simplemente porque nunca lo ha entendido ni valorado. En las raíces del nacionalismo catalán hay una cultura antiliberal que imposibilita para comprender y aceptar con todas sus consecuencias el Estado liberal de derecho.
 
A Hegel, el nacionalismo catalán aún le debe más: su historicismo. Hegel ideó una teoría histórica de la nación. El “espíritu del pueblo” actúa a través de la Historia, se va manifestando en el tiempo como una especie de revelación divina actuante en hechos y acontecimientos. Es precisa, pues, una relectura hegeliana de la Historia en la que el sujeto es la nación, no las personas y su libertad. Hay que establecer todo un relato histórico a la luz del “espíritu del pueblo” y ponerlo al servicio de la construcción nacional. Y, por supuesto, transmitirlo a través de la educación para formar hombres y mujeres despojados de su libertad como ciudadanos y convertirlos orgullosamente en simples muescas de la maquinaria irracional del Estado hegeliano-nacionalista, rabiosamente antiliberal. Y algo más: para Hegel, la nación se autorrealiza en contraposición a otras naciones, desarrollando lo que hoy llamaríamos un supremacismo. La guerra es, para Hegel, algo positivo, porque une al pueblo y fortalece la nación. El desprecio más o menos implícito hacia otros pueblos, el uso de consignas que fomentan el rencor y antipatía hacia quienes no son “pueblo” derivan de esta necesidad de autoafirmación, que llega hasta el acoso físico de personas, incluso de menores. Las formas en que el nacionalismo catalán ha usado la animadversión como método político son variadas (“España nos roba”, llamar “fascistas” a los constitucionalistas…). En el fondo, el nacionalismo de matriz hegeliana atribuye al Estado (a la nación) una moralidad intrínseca. El bien o el mal es aquello que conviene o no a la nación. Así, todo está permitido, desde saltarse las leyes hasta depositar votos fraudulentos en unas urnas, manipular fotografías o mentir (“ningún banco se irá de Cataluña…”).
 
 
¿Y las CUP? ¿Qué tienen que ver en este panorama ideológico nacido del carlismo tradicionalista? Más de lo que parece. Las CUP representan otro componente ideológico: el anarquismo. Cataluña tierra de carlistas y de anarquistas. Y ambos coinciden en algo esencial: la incomprensión y desprecio hacia el Estado liberal de derecho. Nacionalismo hegeliano y anarquismo son enemigos declarados de las sociedades abiertas. Aunque tácticamente sean aliados, los objetivos son distintos. En un caso, hay que destruir el Estado liberal para sustituirlo por un Estado nacional; y en el otro, la liquidación del Estado lleva a sustituirlo por el colectivismo.
 
Pero, en ambos casos, la sombra de Hegel planea por igual. El hegelianismo es el padre del totalitarismo moderno, tanto del fascista como del marxista. Si sustituimos la nación o el “espíritu del pueblo” por “raza” tendremos el nazismo y si lo hacemos por “proletariado”, tenemos el marxismo y el anarquismo. En ambos casos, el ciudadano racional y libre es diluido en la nación o en la clase. En ambos casos su libertad personal consiste en adecuar su voluntad al Estado nacional o al partido que encarna la clase.
 
“Nación”, “clase social”, “pueblo”, “proletariado” se han convertido en mitos con gran capacidad de atracción de ilusos para los que razonar resulta aburrido. George Sorel era un marxista francés cansado de leer “El Capital” de Marx sin llegar a entender las sutilezas de sus cuatro largos y farragosos tomos. Marx era demasiado racionalista y su socialismo “científico” muy tedioso para movilizar a las masas. Sorel hizo una relectura irracionalista del marxismo, abandonando sus pretensiones argumentativas por el mito. Se dio perfectamente cuenta de que el proletariado o la lucha de clases elevados a la categoría de mito eran mucho más eficaces que los alambicados análisis de “El Capital”. Sorel introdujo en la política contemporánea el mito como sustitutivo del racionalismo marxista. Tanto el comunismo como el nacionalismo y los fascismos (una variante del nacionalismo hegeliano) encontraron el mito como banderín de enganche para atraer a las atribuladas masas necesitadas de paraísos en donde descansar sus sentimientos y cubrir sus esperanzas. La nación como mito entró en el discurso nacionalista y singularmente en el catalán. Por eso se hace tan difícil argumentar racionalmente con quien ha renunciado a pensar y subrogado su razón al sentimiento y a la esperanza de que llegue el mesías que traerá la tierra prometida de la nación independiente, feliz, próspera y sin clases, si añadimos al mito de la nación el del proletariado triunfante. El argumentario nacionalista se convierte en propaganda.

Los orígenes intelectuales del nacionalismo catalán (II): el catalanismo liberal

Afortunadamente y a pesar del empuje que tienen los populismos anuladores de la libertad, la civilización europea ha avanzado lo suficiente como para consolidar al Estado de derecho nacido del liberalismo como el modelo de la Unión Europea. En un club de Estados que tienen en común el constitucionalismo liberal y un afán de superar los etnicismos, no cabe el retorno al tribalismo y al colectivismo.

 
Francesc Cambó


A esa civilización basada en el Estado de derecho se sumó España a partir de 1978. Por supuesto, el nacionalismo hegeliano también cosechó frutos en España. El nacionalismo liberal nacido con la Constitución de 1812 fue herido por el terremoto hegeliano. La España franquista, singularmente en la década de 1940 y 1950 es un ejemplo de Estado nacional, secuestrado por un nacionalismo hegeliano que bebe de las mismas fuentes que el catalán: el carlismo y el tradicionalismo del siglo XIX. Si Torras y Bages se sentó en la asamblea de la Unión Catalanista, otros obispos lo hicieron en las Cortes orgánicas y en ambos casos supongo que muy a gusto. También se reelaboró una Historia de España en clave del “espíritu del pueblo”, del pueblo español totalitariamente absorbido por una minoría.

Pero España echó el nacionalismo hegeliano al basurero de la Historia en 1978, sumándose al modelo de los países más democráticos de Europa. La Constitución de 1978 no es una constitución nacionalista en el sentido hegeliano del término. Nuestra ley fundamental renuncia al centralismo, reconoce las nacionalidades y lenguas oficiales distintas al castellano. A nadie se le obliga a sentirse español y se amparan diversas identidades representadas por partidos políticos con credo nacionalista no español. La nación española se basa en el respeto al Estado de Derecho y nada más. No se desprende de nuestra carta magna un patriotismo españolista, sino un patriotismo constitucional al modo de Habermas. Lo que ahora está en juego no es una España nacional uniformadora, es el Estado constitucional, base de la convivencia en las sociedades civilizadas. La secesión no es solo el desmembramiento de un territorio, es la ruptura de las reglas de juego, del pacto entre ciudadanos libres e iguales que viven bajo el amparo de unas leyes comunes, que pueden cambiarse de acuerdo con unas reglas. Lo que está en juego es estar con la civilización europea superadora de los nacionalismos tribalistas o volver atrás en la Historia. Es optar por el razonamiento o la propaganda sentimentaloide.

Existe, afortunadamente, una Cataluña liberal y constitucionalista. También con raíces históricas. Liberales catalanes estuvieron en las Cortes de Cádiz y en los gobiernos liberales del siglo XIX. Uno de los grandes liberales españoles es Joan Prim i Prats, con ocho apellidos catalanes y presidente del gobierno constitucional de España entre 1869 y 1870. Los hombres que crearon la Lliga Regionalista (1901) aunque alguno viniera del carlismo (Prat de la Riba), otros, singularmente Cambó, eran liberales. Mientras los nacionalistas más hegelianos agrupados en la Unión Catalanista no querían saber nada de la España liberal, los jóvenes escindidos de ella se atrevieron a formar un partido político que aceptaba la Constitución de 1876.  Todo un anatema para los otros nacionalistas para quienes el catalanismo debía ser un movimiento nacional (la Unión Catalanista) y nada de partidos políticos porque esos hacían el juego al odiado Estado liberal. Al fin y al cabo, los nacionalistas de la Unión Catalanista no querían un parlamento con partidos, si no otro corporativo tal como defendían las Bases de Manresa que, por cierto, fueron fruto de la Unión.

El experimento de la Lliga es interesante e imposible de resumir aquí. Baste decir que los hombres de la Lliga (Cambó incluido) formaron parte de los gobiernos de España. Su credo ideológico era el “noucentisme” (novecentismo), una reacción racionalista y civilista contra el nacionalismo hegeliano omnipresente. El “noucentisme” alababa la obra bien hecha, la racionalidad, mesura y proporción inspiradas en el mundo clásico, en definitiva, el “seny”, la sensatez, como fórmula no solo de hacer política, también como distintivo para conseguir una sociedad armónica, trabajadora y pacífica.  El sumo pontífice del “noucentisme” fue Eugenio D’Ors, pero su egocentrismo le indispuso con los dirigentes de la Lliga y acabó instalándose en Madrid, donde evolucionó hacia el nacionalismo totalitario, se hizo falangista y acabó sus días como intelectual orgánico, y bien pagado, del franquismo.

Pero al llegar la República el nacionalismo liberal de la Lliga había sido desbordado otra vez por el nacionalismo hegeliano, irracionalista, sentimental y emotivista que fraguó en Estat Català y en la Esquerra Republicana de Cataluña. El antiliberalismo y el desapego a lo que es un Estado de derecho tiene su particular performance el 6 de octubre de 1934 en que Companys perpetró un golpe de Estado contra el gobierno legítimo de la República. Y por el mismo motivo que ahora: el Tribunal de Garantías Constitucionales declaró inconstitucional una Ley de Contratos de Cultivo. Pero Companys -lejos de entender lo que es un Estado de derecho-interpretó la sentencia como un ataque a toda Cataluña. Otra vez la consigna de “somos un pueblo”. El “espíritu del pueblo” había sido ultrajado y eso no podía consentirse. ¿Quién es un tribunal por muy alto que sea para sentenciar contra la nación catalana cuando esta nación es anterior y superior al Estado y cualquier tribunal?


Juan Prim y Prats, marques de los Castillejos (retrato por Luis de Madrazo, 1870)

Amadeu Hurtado, el abogado catalanista que hizo de mediador entre Companys y el gobierno central explica en sus memorias cómo le hizo llegar al “president” una oferta de solución pactada a la que Companys se negó porque por encima de todo quería la confrontación para tensar a las masas nacionalistas. Por algo los de Esquerra ya tenían sus agitadores preparados, sus “escamots” o grupos paramilitares dispuestos a las movilizaciones. Venían a ser una Asamblea Nacional Catalana, pero a lo bruto. El recurso a la calle, al griterío y a una supuesta “rebelión democrática” se superpone a la democracia constitucional. Cualquier parecido con la actualidad no es pura coincidencia. Cambian las personas, el trasfondo antiliberal sigue incólume.

El retorno de la democracia en España favoreció de nuevo un nacionalismo liberal catalán respetuoso con el Estado de derecho: Convergència i Unió. Pero su componente liberal no ha sido capaz de superar el envite que el renacido nacionalismo hegeliano -nunca definitivamente olvidado- ha hecho del catalanismo político. El relato irracionalista, sentimental y antiliberal ha vuelto a apoderarse del nacionalismo catalán. La atávica desconfianza del carlismo hacia el Estado liberal ha renacido (quizás nunca murió), sobre todo en las zonas de Cataluña en donde el tradicionalismo de Torras i Bages ha hibernado a la sombra de campanarios y masías recordando las gestas de las guerras carlistas cuando los heroicos soldados y los curas “trabucaires” luchaban contra el Estado liberal. No lo sabían, pero también luchaban contra la razón, la libertad y los valores políticos que cimentan la Europa de la que no se quieren separar, pero de la que ideológicamente están lejos. Y, por si a los europeos les queda alguna duda, que revisen lo que pasó los días 6 y 7 de septiembre de 2017.

A modo de conclusión: el nacionalismo catalán mayoritario se mueve en un plano sentimental, emotivo, mítico y propagandístico que hace muy difícil el diálogo basado en una argumentación racionalista y jurídica. Mis intentos de argumentar sobre la base de los principios del liberalismo racionalista, fundamento del Estado de derecho, con independentistas irredentos son vanos. Por eso soy pesimista. Los irracionalismos del siglo XX no fueron derrotados por la fuerza de la razón si no por el desastre histórico que todo irracionalismo conlleva. Ojalá no haga falta llegar a demostrar lo endeble de sus promesas o las consecuencias económicas y sociales de un proyecto basado en ilusiones y no en razonamientos para pasar página en la Historia. El desastre se puede evitar. Pero quizás algunos nacionalistas hegelianos puedan ser sensibles a esta idea: una ideología que divide y enfrenta a toda una sociedad es moralmente inaceptable (perversa diría Popper) y solo puede llevar al fracaso. Por eso no soy nacionalista y soy liberal, porque el liberalismo y su expresión jurídica, el Estado de derecho, han sido capaces de conseguir un modelo de sociedad en donde caben todos, todos pueden expresarse y defender sus ideas, las discrepancias se resuelven en un marco legal conocido y la convivencia es el máximo objetivo de toda actividad política.
EL AUTOR ES CATEDRÁTICO EMÉRITO DE GEOGRAFÍA E HISTORIA, ESPECIALISTA EN EL LIBERALISMO ESPAÑOL. AUTOR DE “VIVA LA PEPA. LOS FRUTOS DEL LIBERALISMO ESPAÑOL”, “EL CATOLICISMO LIBERAL EN ESPAÑA” Y “DE LA PEPA A PODEMOS. HISTORIA DE LAS IDEAS POLÍTICAS EN LA ESPAÑA CONTEMPORÁNEA”

domingo, 23 de julio de 2017

"La escultura del Maestro de Piasca, en el contexto de la LA ESCULTURA ROMÁNICA EN CASTILLA, durante la 2ª mitad del s. XII". Exposición temporal en el Museo Diocesano de Cantabria "Regina Coeli" (Santillana del Mar). Inauguración, viernes 28, a las 17'30 horas

 Durante la segunda mitad del siglo XII asistimos en Castilla a una proliferación de escultura monumental, desconocida  en otros momentos anteriores si exceptuamos la de un siglo anterior  (1065-1075)  en la que se conforma el Románico  internacional del Camino de Santiago: Jaca, Silos, Frómista, San Isidoro y primeros maestros de Santiago de Compostela, que a su vez producen focos creativos.
Pensamos que ello se debe  a  la influencia borgoñona,  en una época de crisis provocada por la aparición del Arte cisterciense y los escritos de san Bernardo,   contrarios a la iconografía de animales y seres fantásticos.
En 1140  el abad Suger, de Saint Denis (Paris) inicia la construcción del nuevo panteón de la Monarquía francesa en un nuevo estilo espectacular en lo luminoso: el gótico, y con nuevas técnicas arquitectónicas y decorativas: la bóveda de ojivas y la vidriera. En ese mismo año se consagra la Magdalena de Vezelay ( Borgoña), en estilo aún plenamente románico, con gran ampulosidad decorativa, en la que junto a temas evangélicos se recurre de nuevo al simbolismo de lo fantástico y monstruoso. Aquí tienen  su contexto las palabras de San Bernardo. 
Algunos escultores borgoñones, quizás ante la falta de trabajo al expandirse, con el apoyo de los reyes, los monasterios cistercienses ( Citeaux, Clairvaux, Moreruela…),  vienen a Castilla. Quizás el más dotado sea Fruchel,  que trabaja en San Vicente de Ávila (hacia 1160)  y logra crear un taller que se extiende hacia el norte de Castilla : portada de Santiago, en Carrión de los Condes. Posiblemente  a este taller pertenece Covaterio (maestro de obra o escultor) que trabaja en Piasca (1172) . 
Nos encontramos en la última etapa del románico (denominada barroca, tardorrománica o de transición),   que a su vez sienta las bases para el inicio de  la etapa protogótica. En cuanto a la técnica, predomina una talla muy elaborada, que en las figuras  adopta formas manieristas y ropajes barrocos . En cuanto a la iconografía  se recurre a temas arcaizantes del románico ( animales fantásticos: arpías, grifos, anfisbenas, centauros,…  o reales,  de fuerte simbolismo, como los leones, águilas,  cigüeñas…)  que se mezclan con otros temas novedosos profanos y coetáneos, como las escenas de cacería, contorsionistas, músicos, erotismo y sobre todo la representación de oficios gremiales. La representación vegetal adquiere una dimensión inusitada, tanto en su variedad como en su perfección técnica, - a veces interpretada con la talla a trépano  musulmana, destacando las hojas derivadas de palmetas y de acantos, que forman roleos, hélices o espirales, así como los brotes y hojas con frutos.

La temática geométrica en molduras mantiene los motivos tradicionales de ajedrezados pero incorpora un nuevo repertorio de rombos y formas quebradas ( denominadas dientes de sierra o de lobo) que representan los rayos solares. 
FOCOS DE  INFLUENCIA  INTERNACIONAL  
El principal centro creativo se encuentra en la Borgoña Francesa, de donde se extiende hacia el suroeste, a través del Camino de Santiago, en donde se realizarán las principales obras:
 1.-BORGOÑA :  St Lazare  de AVALLÓN
                                  -  St Benigne de DIJON
                                  -  La Magdalena de VEZÈLAY
 2.-LANGUEDOC : La Daurade de Y¡Toulouse (Musee des Augustinnes)
 3.- Sto. Domingo de SILOS  (Burgos):   maestros del claustro.
 4.- ÁVILA . Maestro Fruchel.    Iglesia de  San Vicente: portada sur y
                                  sepulcro de los santos Vicente,Sabina y Cristeta. 
5.- CARRIÓN DE LOS CONDES. Portada de la  iglesia de Santiago.
 6.- Santiago de COMPOSTELA. Pórtico de la Gloria, del Maestro Mateo
 LA ICONOGRAFÍA DE LOS BEATOS. Al menos hay dos metopas en el ábside de la epístola de Piasca que representan ilustraciones de los beatos: la bestia de las siete cabezas y  los ángeles deteniendo a los cuatro vientos. 
En este contexto se desarrolla la figura de Covaterio (a quién se considera “ maestro de obra”,  quizás escultor de la obra de Piasca,  de 1172) y  también, aunque de menor calidad y discípulo suyo es Juan de Piasca, que firma la escultura de Rebolledo de la Torre (Burgos) en 1186.  Se discute si ambos nombres pertenecen a la misma persona, por la afinidad de sus obras.  Son las únicas fechas  conocidas –obras firmadas- , junto con la del Maestro Mateo, del Pórtico de la Gloria de  Santiago de Compostela  (1188).

La firma de los autores ya es un signo importante de reconocimiento del artista, pero su obra no es menos  notable en cuanto a calidad  técnica y vanguardia estética  (reflejo de la vida cotidiana de la época, temática que  preludia el gótico).
 De ahí la gran importancia de la escultura del maestro de Piasca y de su discípulo, Juan de Piasca, que trabaja en Rebolledo de la Torre, que les convierten en artistas de vanguardia  (sobre todo el primero).
Es posible que Covaterio haga su obra por encargo del Monasterio de Sahagún, principal centro benedictino del Camino de Santiago, al que se había incorporado Piasca  (con sus posesiones)  hacía varias décadas y fruto de ello sería, en compensación, la realización de la nueva iglesia del monasterio, con su escultura excepcional.
ICONOGRAFÍA  del Maestro de PIASCA 
Animales fantásticos
-     máscaras vomitando tallos, posible influencia de acróteras  tardo-romanas,   
        aparecen en Rebolledo y Carrión  y Piasca.
-          gloutonmáscara englutiendo una columna
-          rinceau habité, follaje habitado por animales…
-          grifo: cabeza de águila y cuerpo de león, representa a Cristo
-          arpías:  Seres fantásticos , influencia borgoñona, con colas de serpiente.
-          sirenas: de doble cola. Símbolo de la tentación.
-          anfisbenas: aves con cabeza y cola de serpiente.
-          basilisco: ave con cresta, que mataba con la mirada.
-          centauros: luchas entre centauros  y caza.
            estatuas-columna ( inf. Borgoña, Avallon) San Miguel y el dragón
    Temas vegetales: 
     - acantos helicoidales, molinillos , hojas en espiral retocadas a trépano. 
      - roseta octopétala y pentapétala ,  aparecen en Piasca y Vallespinoso.
- lengüetas y hojas polilobuladas o ensiformes en espiral o hélice,
      Son abundantes en Piasca, Rebolledo de la Torre, Las Henestrosas o Moarves.
- hojas pentalobuladas.  ( claustro de San Andrés del Arroyo)
                  Tipo provenzal con trépano islámico.
- dientes de sierra, rayos solares,  en portadas de estética cisterciense, y Normanda
        Representan los rayos solares (Sol-Cristo) Aparece en metopas de Piasca.
- crochet,  ganchos, brotes vegetales, de influencia cisterciense.
   Temas profanos 
- cacería del jabalí .  Dos veces en Piasca. Aparece también en  Villacantid,
                   Rebolledo, Perazancas y cimacio de capitel de Aguilar de Campoó.  
- contorsionista: símbolo de la tentación y la lujuria.
- juglares:  la tentación del placerfrecuente en las iglesias de Vallespinoso,        
                     Rebolledo, Perazancas, Las Henestrosas, …
- oficios artesanales: coetáneas: herreros, tejedores, escribano,
- el beso: amor, sensualidad,
- músicos : tocan instrumentos de cuerda: psalterio, fídula, arpa, …
                    Monjes cantando, relacionado con la música celestial.
 CRONOLOGÍAS  COMPARADAS 
Como hemos apuntado anteriormente, las dos únicas fechas  documentadas para el románico  de este foco, que tiene su centro en Carrión de los Condes, son la de Piasca, consagrada en 1172 y la de Rebolledo de la Torre, firmada en 1186. En función de ambas se retrasan o adelantan las demás obras anónimas que pertenecen a esta área geográfica  del Norte de las provincias de Burgos y Palencia y Liébana  (Cantabria)   en donde  se produce este tipo de escultura  que culmina la evolución románica  y  adelanta la estética gótica.
Las fechas  propuestas para los diversos monumentos por los investigadores son las siguientes: 
-          Ávila: San Vicente : Fruchel 1140-1170.
-          Carrión de los Condes. Portada de Santiago: 1165.
-          Aguilar de Campoó, Primer maestro. (Avila) capiteles del MAN. 1170
-          Piasca. Covaterio, 1172
-          Rebolledo de la Torre. Juan de Piasca, 1186.
-          Burgos. Claustrillas de Las Huelgas, 1185
-          Monasterio de Lebanza (Palencia) . 1185
-         Santiago de Compostela. Pórtico de la Gloria, 1188.
-          San Andrés de Arroyo (Palencia)  claustro, hacia 1200
-          Aguilar de Campoó, (Palencia)  claustro y otras dependencias, 1209.
-          Moarves. (Palencia)  Portada, 1210.
Video  sobre "La Escultura del Maestro de Piasca":
 
Enrique Campuzano Ruiz                                                             
Doctor en Historia del Arte
Director del Museo "Regina Coeli"
Catedrático emérito de Geografía e Historia